Los bandazos de Trump elevan la tensión entre EE. UU. e Irán y sacuden el mercado del petróleo

Por Long Yue | Fuente: Wall Street Journal El 23 de abril, la guerra entre Estados Unidos e Irán entró en su octava semana. A comienzos de la semana, el escenario parecía encaminarse a una desescalada: se aplicó un alto el fuego entre Israel y Líbano, Irán anunció la reapertura del estrecho de Ormuz y se daba por inminente una ronda de conversaciones en Islamabad. La secuencia se rompió cuando Donald Trump afirmó que Washington no levantaría el bloqueo marítimo y ordenó inspeccionar buques con destino a Irán. Teherán respondió cerrando de nuevo el estrecho y rechazó de forma tajante una segunda ronda negociadora. En los círculos de Washington, el conflicto se ha resumido con un calificativo repetido: "locura". Revelaciones recientes de fuentes internas describen un patrón de decisiones erráticas, con giros de rumbo constantes y un impacto inmediato en los mercados energéticos. "Rey loco": un presidente al margen de la sala de crisis Según filtraciones publicadas por medios locales, el fin de semana de Pascua dejó al descubierto cómo se gestiona la crisis. Un F-15 estadounidense fue derribado en espacio aéreo iraní y sus dos pilotos quedaron desaparecidos. Al recibir la noticia en la Casa Blanca, Trump pasó horas increpando a su equipo y repitiendo que "los europeos no ayudaron en absoluto". En ese momento, el precio medio nacional de la gasolina en Estados Unidos se situaba en 4,09 dólares por galón. Las imágenes de la crisis de los rehenes de 1979, según relatan personas conocedoras, le pesaban en la memoria. "Miras a Carter (el 39.º presidente de Estados Unidos)... helicópteros, rehenes: le costó las elecciones", se le atribuye haber dicho. Exigió un rescate inmediato, pero sus asesores consideraron que su impaciencia complicaba la toma de decisiones y lo mantuvieron fuera del proceso, informándole solo en momentos clave. El vicepresidente Vance se conectó por videollamada desde Camp David; la jefa de gabinete, Susie Wiles, desde su casa en Florida. El equipo siguió el rescate casi minuto a minuto, mientras el presidente esperaba actualizaciones. Un piloto fue localizado con rapidez. El segundo no fue rescatado hasta la noche del sábado. Trump se acostó pasada las 2:00. Seis horas después, en la mañana de Pascua, publicó un mensaje en redes sociales que provocó conmoción internacional: "Abrid el puto estrecho, cabrones locos, o viviréis en el infierno". Cerró la publicación con una oración islámica. Según altos cargos de la Casa Blanca, no formaba parte de ningún plan de seguridad nacional: fue una ocurrencia improvisada. Trump habría explicado que quería parecer "lo más inestable e insultante posible" porque creía que era el lenguaje que "los iraníes entenderían". Después preguntó a su equipo: "¿Qué tal ha sentado?". El politólogo John Mearsheimer lo definió recientemente como un "rey loco". "Guerra loca": la confianza entre Washington y Teherán se rompe Bajo ese clima emocional, la diplomacia estadounidense dio, según analistas, un paso atrás en el peor momento. Irán sostiene que la escalada verbal y el comportamiento voluble de Washington explican su negativa a retomar conversaciones. Mearsheimer subrayó que el viernes anterior se abrió una ventana valiosa: Irán reabrió inicialmente el estrecho como gesto de buena voluntad y Estados Unidos pudo haber aprovechado para impulsar la negociación en Islamabad. En cambio, la Casa Blanca endureció su postura: Trump anunció públicamente que no levantaría el embargo marítimo y ordenó a las fuerzas estadounidenses interceptar, abrir fuego y abordar buques iraníes para inspeccionarlos. Teherán respondió con un giro de 180 grados y volvió a cerrar Ormuz. Para los sectores duros iraníes, la lectura es clara: Estados Unidos actúa como un "loco" sin respeto por compromisos, lo que vacía de sentido cualquier negociación. La erosión de la credibilidad estratégica de Washington, según esta visión, empuja el diálogo al colapso. "Estrategia loca": cómo Israel "vendió" la guerra y "condicionó" a Trump La pérdida de control, según Mearsheimer, se explica por un fenómeno poco habitual: la externalización de una estrategia de gran potencia hacia presiones externas. Salvo contadas excepciones, como el secretario de Defensa Pete Hegseth, buena parte de la cúpula militar y de inteligencia habría dudado o incluso se habría opuesto a la guerra por sus riesgos, incluido el cierre del estrecho. Trump desoyó esas advertencias. Mearsheimer lo resumió así: "Los israelíes le vendieron humo". En la Sala de Situación, el jefe del Mossad, David Barnea, y el primer ministro Benjamin Netanyahu habrían presentado a Trump un escenario de victoria rápida gracias al poder militar estadounidense, minimizando el riesgo de un cierre de Ormuz. Trump, influido por el precedente de un cambio de régimen "sin sangre" en Venezuela en cuestión de horas, aceptó el planteamiento. Ya iniciada la guerra, Trump consumía cada mañana vídeos de explosiones dentro de Irán y montajes de "victoria". Sus asesores relatan que quedó "asombrado" por la potencia militar y elogió reiteradamente al ejército. El avance táctico no se tradujo en triunfo político y, al entrar el conflicto en su fase decisiva, apareció el descontrol. El bloqueo de un paso por el que circula el 20% del petróleo mundial colocó a la Casa Blanca ante decisiones de alto coste. Trump rechazó la propuesta militar de desplegar fuerzas terrestres para tomar la isla de Ormuz, clave para el 90% de las exportaciones petroleras de Irán, por temor a un número inasumible de bajas estadounidenses. Israel, además, habría actuado al margen de Washington al atacar directamente el mayor yacimiento de gas de Irán, South Pars, lo que obligó a Trump a marcar distancias con urgencia en redes sociales. Dependencia estratégica y vacilación táctica convergieron en un rumbo cada vez menos controlable. "Ormuz loco": el problema que nadie planificó Cuando la cúpula decide de forma imprevisible y bajo influencia externa, la ejecución se vuelve caótica. Ormuz es el ejemplo. Antes de la guerra, Trump decía a su equipo que Irán acabaría cediendo con el estrecho o que, si no lo hacía, el ejército estadounidense podría gestionarlo. Tras el inicio de los bombardeos, el tráfico de petroleros se frenó con rapidez y parte del equipo en la Casa Blanca quedó sorprendida. Trump llegó a admitir más tarde: "Alguien con un dron podría cerrarlo". Jim Bianco, fundador de Bianco Research, fue más directo en el Hedgeye Investment Summit del 23 de abril: "Mi frustración es que no tienen un plan para el estrecho de Ormuz, o si lo tienen, es completamente ineficaz". A su juicio, el mercado no tiene paciencia con interrupciones en el flujo físico de crudo. En ese tira y afloja político, el Brent superó los 102 dólares, borró por completo la caída de la semana anterior y siguió subiendo. "El mercado loco": "se ha roto el mecanismo de precios del crudo" Cuando la política pierde anclaje, los mercados también. Bianco advirtió de una señal especialmente peligrosa: el mercado mundial de crudo está dejando de cumplir su función de formación de precios. En condiciones normales, los diferenciales entre Western Canadian Select, Brent, WTI y el crudo omaní al contado se mueven en un rango estrecho de 1 a 2 dólares, indicador de una cadena de suministro energética saludable. Ahora, con bloqueos cruzados y un conflicto sin horizonte, esos diferenciales al contado se han disparado hasta 60 dólares. En el extremo bajista aparecen precios en torno a 70 dólares; en el extremo alcista, también se ven cotizaciones físicas cercanas a 130 dólares. Para Bianco, esa dispersión extrema evidencia que la red física del mercado se ha fragmentado por la geopolítica. Que el Brent supere 102 dólares sería solo un síntoma: el problema real es que ha desaparecido el ancla del precio. En otras palabras, nadie sabe cuánto vale de verdad el petróleo. No es volatilidad; es fallo de mercado. Pese a esa amenaza para la economía real, los mercados financieros estadounidenses han mostrado una euforia difícil de conciliar con el trasfondo bélico. La bolsa marca máximos. El capital opera a alta frecuencia siguiendo el pulso emocional de los mensajes de Trump, como si se tratara de valores meme. Cualquier señal mínimamente positiva desde la Casa Blanca activa compras automáticas. En paralelo, se informa de que Trump dedicó tiempo a alardear ante donantes de que merecía la Medalla de Honor y a revisar planes de reforma del salón de baile de la Casa Blanca. La divergencia con la economía doméstica es severa. El índice de confianza del consumidor de la Universidad de Michigan, un referente con 74 años de historia, cayó a un mínimo sin precedentes de 47 puntos en marzo. El nivel de desesperanza supera el observado durante la crisis subprime de 2008, los atentados del 11-S y la alta inflación de los años 70. Un cuadro macro en "K", fracturado y fuera de control: los alcistas celebran el flujo de titulares, mientras la gasolina a 4,09 dólares rompe el umbral de resistencia de los hogares. ¿Manipula Trump el mercado? La pregunta más sensible entre los inversores es también la más difícil de discutir en público. Keith McCullough verbalizó en el encuentro un sentir extendido: "Trump parece estar cada vez más cómodo manipulando los movimientos del mercado cuando quiere y en la dirección que desea, porque la gente sigue demasiado centrada en factores aislados". Añadió que las correlaciones entre dólar, petróleo, oro y bitcoin se han acercado al 95%. "No es complicado: si puedes anticipar la dirección del petróleo y del dólar, puedes predecir la dirección de casi todos los activos", dijo. También mencionó un detalle llamativo: funcionarios iraníes han empezado a difundir memes con juguetes LEGO burlándose de que siempre hay alguien que se pone corto de petróleo antes de que Trump anuncie que el estrecho "está a punto de abrirse". "Ya es un secreto a voces", sostuvo, "y a nadie parece importarle porque todos quieren lo mismo: que el mercado suba". El riesgo real del juego Mearsheimer dejó una reflexión clave: la administración Trump debería querer un acuerdo por dos motivos, porque no puede ganar escalando y porque corre el riesgo de empujar la economía mundial por un precipicio. En su lectura, el problema es la incoherencia: a veces Trump actúa como si quisiera pactar; otras, como si no. Esa ambigüedad alimenta el peligro, no por una destrucción deliberada, sino por una pérdida sistémica de control derivada de decisiones caóticas. Trump no se atreve a enviar tropas terrestres para tomar la isla de Ormuz, pero mantiene amenazas máximas en redes sociales y emite señales contradictorias cuando sus asesores intentan reconducir la situación. En este "juego de gallinas", ambos bandos esperan que el otro parpadee. La dificultad es que, si uno de los decisores opera de forma imprevisible, nadie puede calcular dónde está el equilibrio de Nash. Una vez que el engranaje del descontrol empieza a girar, detenerlo en el corto plazo se vuelve difícil.